Para vivir diferente, pensemos la vida diferente
- hace 11 horas
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Una de las cosas más lindas de escribir es poder crear y compartir realidades imaginarias en donde se puede soñar, sentir, vivir todo lo que en la realidad real nos parece absurdo o, al menos, no nos atrevemos a hacer por miedo a que así lo parezca. Y es muy lindo poder hacerlo, no solo porque nos devuelve un poquito de esperanza y nos llena de libertad, sino, también, porque imaginar es el primer paso para poder crear.
Y hoy quiero escribir para eso, para darle forma a una realidad que me sueño; idílica, sí, demasiado “romántica”, probablemente, pero completamente posible de imaginar (y por algo podemos empezar). Una realidad donde de niños no aprendamos que el amor “se gana” y se merece por seguir las imposiciones de los adultos. Adultos que crecieron siguiendo las imposiciones de otros adultos, que siguieron a otros adultos. En donde lo que nos mueva y nos active no sea el miedo ni el dolor (ni la necesidad de poder que se alimenta de ambos), sino el amor. Donde el valor del ser humano no esté determinado por su capacidad de producir, sino por el simple hecho de su existencia. Donde la economía no se construya sobre las personas como medios de producción, sino que esté a la orden de las personas como fines en sí mismos. En donde le demos más valor al desarrollo humano que al tecnológico de manera aislada. En donde nos inventemos menos cosas para evadirnos y más para sentir, expresarnos y conectar.
Una realidad donde la autenticidad no se castigue, en donde ser diferente no se sienta como una amenaza y la estandarización no sea una forma de control. Quiero imaginar una realidad en la que dejemos de sobrevivir y podamos comenzar a vivir. Donde recuperemos la magia que perdemos a medida que crecemos, la capacidad de emocionarnos con lo que no conocemos y de creer en lo imposible… Una realidad en la que simplemente recuperemos nuestro mayor poder: el poder de ser humanos.
Escribo para abrir un espacio que nos permita repensarnos la vida, dejar de ser espectadores de nuestra propia existencia y comenzar a hacernos cargo de ella: explorarla, experimentarla, construirla y recuperar algo de esa libertad que a veces ni siquiera somos capaces de imaginar.
Y hoy, que ya puedo imaginarla, quiero comenzar a trabajar para crearla.
Quiero enseñarles a los niños, y recordarnos a jóvenes y adultos, que nuestro mayor valor está en ser quienes somos y en cómo somos genuinamente, en nuestra capacidad de sentir, de elegir - y elegirnos-, de tener un pensamiento propio, una visión, una opinión; en la posibilidad de utilizar nuestros dones, fortalezas y habilidades para construir lo que queremos y ayudar a otros a conseguirlo. Que no “encajar” es nuestra mayor fortaleza, porque ser únicos y diferentes es, sin duda, nuestra más pura naturaleza. Y que los caminos “correctos” son solo una ilusión que se presentan como obstáculo a nuestra propia exploración y construcción de la vida ¡que no los sigan!
Quiero enseñarles a los niños, y recordarnos a jóvenes y adultos, que la vida es una experiencia que estamos descubriendo y se construye desde la prueba y el error, de lo lindo y de lo no tan lindo, de lo fácil y de lo difícil, de intentar lo que nos gusta y atrevernos con lo que no tenemos ni idea cómo hacer. Que no somos entidades fijas, que cambiamos constantemente: de opinión, de ideas, de gustos, de norte. Que podemos rompernos en mil pedazos y seguir siendo nosotros — personas, valiosos — aunque no entendamos nada de lo que está pasando.
Porque nos han hecho creer que solo quienes están lo suficientemente locos para creer que pueden cambiar el mundo son quienes lo consiguen, como si el cambio no fuera la única constante, como si niños, jóvenes y adultos, tan comunes y tan extraordinarios a la vez, no tuviéramos la capacidad de actuar y de elegir, de cambiar lo que no nos gusta, de construir lo que nos mueve, lo que nos llena. Y, al mismo tiempo, nos enseñan a tenerle miedo a parecer “locos”, demasiado raros, a sentir como peligroso salirnos de los estándares. Así, de a poquitos y sutilmente, hemos perdido nuestro mayor poder: el poder de ser humanos, y sin él nos hemos vuelto agentes pasivos de nuestra propia vida.
Y entonces ya no escribo — solo — para compartir una realidad imaginaria, para verla antes de poder crearla. Escribo para abrir un espacio que nos permita repensarnos la vida, dejar de ser espectadores de nuestra propia existencia y comenzar a hacernos cargo de ella: explorarla, experimentarla, construirla y recuperar algo de esa libertad que a veces ni siquiera somos capaces de imaginar. Un espacio que hoy nace con la plena convicción de que existe una manera diferente de vivir y de experimentar la vida, una más humana, más auténtica y más creativa. Para conseguirla tenemos que comenzar por imaginarla, para imaginarla por REPENSARLA.



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