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La ironía de buscar ser diferente

A diferencia del dilema sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina, sabemos que las personas somos el resultado de lo que aprendemos, vivimos y experimentamos. Sabemos también, que los primeros años de vida son decisivos para la formación posterior de la adolescencia y de la adultez. Sin embargo, los pilares de la educación, tanto institucional como sociales[1], parecen chocar con una realidad que, aunque pretende apoyarnos, muchas veces termina por anularnos completamente.


Somos una sociedad con doble moral, donde para educar y controlar homogeneizamos los comportamientos y los clasificamos bajo etiquetas que contienen, de forma algo explícita, un contundente juicio de valor. Felicitamos al que responde al profesor de la forma en la que se le enseñó y criticamos al que lo hace de la forma en la que él considera. Tildamos de desafiante y rebelde cualquier manifestación de inconformidad, pero al mismo tiempo admiramos las ideas disruptivas, nuevas en tanto son diferentes; las catalogamos de valiosas e “innovadoras” para después imitarlas hasta conseguir que pierdan valor.


Anulamos el elemento “auténtico” de la personalidad para sumirlo en un esquema cuadriculado, donde la libertad se limita a actuar y pensar dentro de los parámetros que enmarcan el camino de lo que se considera socialmente correcto o de lo que está comprobado que "funciona", pero seguimos esperando resultados que logren sorprendernos.


Con el auge de la innovación, se han comenzado a implementar procesos que buscan enseñar a construir ideas novedosas, que nos impulsan a crear cosas diferentes y a arriesgarnos a hacerlas. Implementamos procesos como el Desing thinking para conseguir respuestas diferentes a problemas y retos comunes, como si el problema estuviera en el pensamiento natural del hombre o en la ausencia de capacidad, y no en la forma en la que, hasta hoy, nos han enseñado a hacerlo.


El pensamiento diferente, divergente y creativo no es una capacidad adquirida del ser humano. Por el contrario, la curiosidad y la inocencia de la infancia son la mayor herramienta de creación, innovación y disrupción que podemos conseguir. Si en vez de anular y marginar, mediante la educación y la cultura, los elementos diferentes y auténticos de cada niño y adulto, nos esforzáramos por desarrollar su potencial entendiendo el por qué actúa como actúa, y el valor detrás de ello, conseguiríamos construir una sociedad diferente, regida por principios y móviles diferentes.


Nos pasamos la vida juzgando a quienes piensan y son diferentes, pero terminamos defendiendo y trabajando sobre sistemas que nos enseñen a pensar diferente. No hay una mejor herramienta para la creatividad que la originalidad.


[1] El proceso de educación de una persona se da desde tres campos diferentes, todos los cuales juegan un papel muy importante: las instituciones educativas, los círculos familiares y los círculos sociales. Muchas veces, las normas por las que nos sentimos regidos no han sido necesariamente impartidas por alguien, pueden resultar, simplemente, de la observación o la experiencia vivida.



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