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¿Por qué no nos educan para ser nosotros mismos?

Desde chiquitos estamos recibiendo información e instrucciones sobre quién y cómo debemos ser, cómo debemos comportarnos, qué está bien y qué está mal.

Como si la vida fuera un programa estructurado con una serie de niveles y requisitos que tenemos que cumplir uno a uno, paso a paso.

Vamos aprendiendo que, cuando los cumplimos, nos va bien y que, cuando no, nos va mal. Y así crecemos: rígidos y automatizados, con miedo a salirnos de los caminos correctos y de las estructuras impuestas. Con una cantidad de límites imaginarios que no nos dejan realmente explayarnos en nuestras ideas y pensamientos, sin poder sentir, expresarnos ni crear con libertad.

¿El resultado? Una desconexión con nosotros mismos que se ve reflejada en una frustración e insatisfacción constantes.

Es que nacemos de una manera, ¡pero nos exigen ser de otra! Es como sacar a un animal de su hábitat natural y obligarlo a hacer cosas que le resultan antinaturales. ¿Es feliz? ¿Fluye? Claramente no.

Por eso los genios, y las genialidades, antes de serlo son solo locuras pensadas por los locos.

Desde este lugar, la idea de ser nosotros mismos, construir un camino propio, innovar, proponer, diferenciarnos y hacer las cosas que queremos, a nuestra manera, parece tener un costo muy alto. Por eso son pocos los que realmente lo hacen y, cuando lo consiguen —ojo, solo cuando lo consiguen—, se ganan todo nuestro respeto. Volviendo a las metáforas: es como si el acto heroico fuera vencer los límites impuestos por un rey soberano, y no tener el coraje de comenzar a cuestionarlos, prepararse o esforzarse por superarlos.

Por eso los genios, y las genialidades, antes de serlo son solo locuras pensadas por los locos.

Hemos convertido algo tan natural del ser humano como ser diferente, expresar esa diferencia y actuar desde ahí, en una gran hazaña. ¡Genios! Y lo más triste es que no parecemos ser conscientes de lo que estamos perdiendo.

Sobre todas las cosas, nos estamos perdiendo a nosotros mismos y vivimos con el dolor profundo de estar constantemente traicionándonos, uno de los dolores más fuertes con los que puede cargar un ser humano. Pero también estamos desperdiciando un enorme potencial de vida: de vida individual y colectiva; de ideas, de proyectos, de acciones y de formas que nos permitirían aumentar nuestro sentido de bienestar.

Amartya Sen plantea el desarrollo humano como la libertad de una persona para poder ser y hacer lo que considere valioso según su propio raciocinio. Si seguimos imponiendo verdades y limitando la posibilidad de que cada persona descubra quién es y construya su propio camino, ¿realmente podremos llegar a ser una sociedad más desarrollada? Lo dudo. Por el contrario, nos seguiremos hundiendo, poco a poco, en la ansiedad, la depresión y los conflictos constantes.

 
 
 

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